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miércoles, 21 de marzo de 2012

La tortura interior

“Deseaba hablar de un sufrimiento de la humanidad en general, pero mejor será que nos detengamos en los sufrimientos de los niños. Así se reduce en unas diez veces el alcance de mi argumentación, pero será mejor que me refiera sólo a los niños. Resultará, desde luego, menos favorable para mí. Pero, en primer lugar, a los niños se los puede amar incluso de cerca, incluso sucios, hasta feos (a mí me parece, sin embargo, que los niños nunca son feos). En segundo lugar, no quiero hablar de los adultos porque, aparte de ser repugnantes y no merecer amor, tienen, además, con qué desquitarse: han comido la manzana, y han entrado en conocimiento del bien y del mal, y se han hecho “semejantes a Dios”. Y siguen comiéndola. En cambio, los niños no han comido nada y no son culpables de nada. (...) Escúchame: me he referido sólo a los niños, para que resultara más evidente lo que decía. De las otras lágrimas humanas con que está empapada la tierra, desde la corteza hasta su centro, no diré ni una palabra. (...) Y si los sufrimientos de los niños han ido a completar la suma de sufrimientos necesarias para comprar la verdad, yo afirmo de antemano que la verdad entera no vale semejante precio. ¡No quiero, en fin, que la madre abrace al verdugo que ha hecho despedazar a su hijo por los perros! ¡Que no se atreva a perdonarle! Si quiere, que perdone al torturador su infinito dolor de madre; pero no tiene ningún derecho a perdonar los sufrimientos de su hijo despedazado... No quiero la armonía, no la quiero por amor a la humanidad. Prefiero quedarme con los sufrimientos y sin castigar. Mejor es que me quede con mi dolor sin vengar y con mi indignación pendiente, aunque no tenga razón. Muy alto han puesto el precio de la armonía, no es para nuestro bolsillo pagar tanto por la entrada. Y si soy un hombre honrado, tengo la obligación de devolverlo cuanto antes. Eso es lo que hago. No es que no admita a Dios, Aliosha; me limito a devolver respetuosamente el billete.”


El fragmento corresponde a las palabras que dirige Iván Karamázov a su hermano, el joven Aliosha, en un diálogo de la obra del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, en la que contrasta la visión atea y progresista del ilustrado (Iván) y la visión religiosa de un joven de la Iglesia Ortodoxa (Aliocha).






Terje Sorgjerd, un fotógrafo especializado en paisajes

La trama de esta obra tiene una importancia secundaria ante la tortura interior de cada uno de los personajes. El padre, un viejo odioso y libertino que dilapida el patrimonio familiar, niega a sus hijos el dinero a que tienen derecho y contraría sus vocaciones. Los tres hermanos, Dimitri, Iván y Aliocha, y el hermanastro Smerdiakov, heredan el conjunto de tendencias al mal. Smerdiakov es un tipo bruto que asesina al padre. La justicia encarcela al hermano mayor, Dimitri, por su carácter exaltado. Éste es enviado a Siberia mientras que el asesino explica su crimen suicidándose. La novela muestra un antiguo remordimiento del propio autor al haber deseado la muerte de su padre.


“El gran inquisidor a su salvador: -Morirán en paz, se extinguirán dulcemente, pensando en ti. Y en el más allá solo encontrarán la muerte. Pero nosotros los mantendremos en la ignorancia sobre este punto, los arrullaremos prometiéndoles, para su felicidad, una recompensa eterna en el cielo. ”

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