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lunes, 13 de febrero de 2012

Madame Bovary, Gustave Flaubert


                                                                                                      
"Emma, que le daba el brazo, se apoyaba un poco sobre su hombro, y miraba el disco del sol que irradiaba a lo lejos, en la bruma, su palidez deslumbrante; pero volvió la cabeza: Carlos estaba allí. Llevaba la gorra hundida hasta las cejas, y sus gruesos labios temblequeaban, lo cual añadía a su cara algo de estúpido; su espalda incluso, su espalda tranquila resultaba irritante a la vista, y Emma veía aparecer sobre la levita toda la simpleza del personaje. Mientras que ella lo contemplaba, gozando así en su irritación de una especie de voluptuosidad depravada, León se adelantó un paso. El frío que le palidecía parecía depositar sobre su cara una languidez más suave; el cuello de la camisa, un poco flojo, dejaba ver la piel; un pedazo de oreja asomaba entre un mechón de cabellos y sus grandes ojos azules, levantados hacia las nubes, le parecieron a Emma más límpidos y más bellos que esos lagos de las montañas en los que se refleja el cielo. 
(...)
Tantas veces le había oído decir estas cosas, que no tenían ninguna novedad para él. Emma se parecía a las amantes; y el encanto de la novedad, cayendo poco a poco como un vestido, dejaba al desnudo la eterna monotonía de la pasión que tiene siempre las mismas formas y el mismo lenguaje. Aquel hombre con tanta práctica no distinguía la diferencia de los sentimientos bajo la igualdad de las expresiones. Porque labios libertinos o venales le habían murmurado frases semejantes, no creía sino débilmente en el candor de las mismas; había que rebajar, pensaba él, los discursos exagerados que ocultan afectos mediocres; como si la plenitud del alma no se desbordara a veces por las metáforas más vacías, puesto que nadie puede jamás dar la exacta medida de sus necesidades, ni de sus conceptos, ni de sus dolores, y la palabra humana es como un caldero cascado en el que tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas."
  
No sé quién es el artista que realizó esta obra

Hace no mucho hablé con una conocida con la que apenas tengo trato, pues solo hablamos cuando coincidimos, y siempre con prisas. Ni siquiera nos sentamos en un banco cercano para charlar, ni mencionamos posibles encuentros previamente meditados, nada de eso. Aun así, en menos de cinco minutos me muestra su tendencia romántica y su temperamento soñador. Me habla de hombres que se esmeran en complacerla a cada momento, los cuales abren la puerta para que ella se adelante...
Cierto día me dio la noticia de su noviazgo, aunque decía que el muchacho era bastante tímido y no era todo lo expresivo que ella hubiera deseado, ¡pero seguro que el amor hará que emerjan de él los más puros sentimientos! En cada encuentro me relataba los altibajos de su imaginación, y añadía siempre con gracioso lirismo ¡pero seguro que el amor hará que emerjan de él los más puros sentimientos! 
Cuando yo le preguntaba por la personalidad de aquel joven, ella decía agitada ¡tiene su forma de ser, pero seguro que el amor hará que emerjan de él los más puros sentimientos!  A mi parecer, empezaba a degenerar en un fanatismo romántico. Y así día, tras día... 
Decía que sus modales resultaban toscos a la hora de la comida y que rara vez se lavaba las manos después de trabajar, pues ambos compartían el oficio de los barrenderos. Solían ir a comer a un Pans&Company no muy lejos de la zona asignada para su labor, y luego cogían el metro para finalmente llegar al punto donde se bifurcaban los groseros modales de él y las inquietudes de ella.
Y así me lo contaba, apesadumbrada e inquieta. Claro está, yo alternaba su conversación con bromas ligeras e intentaba cambiar de tema cuando se presentaba la ocasión. Nuestros encuentros empezaron a ser casualmente frecuentes. Yo salía a las tres y media del portal, y allí estaba ella. Se me ocurría ir a la frutería, y volvía a encontrarla, con un porte extrañamente feliz. 
¿Cómo te encuentras hoy, Patricia? Ella me miró con ojos grandes, negros y profundos, y dijo ¡Tengo un amante! ¡Un amante! deleitándose en una pubertad renacida.



Se entiende por bovarismo el estado de insatisfacción crónica de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y aspiraciones (a menudo desproporcionadas respecto a sus propias posibilidades) y la realidad, que suele frustrarlas. El término fue utilizado por primera vez por el filósofo francés Jules de Gaultier en su estudio Le Bovarysme, la psychologie dans l’œuvre de Flaubert (1892), en el que se refiere a la novela Madame Bovary de Gustave Flaubert, en concreto a la figura de su protagonista, Emma Bovary, que se ha convertido en el prototipo de la insatisfacción conyugal.




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