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viernes, 6 de enero de 2012

Incontinencia verbal.

Una mañana, al alba, miró hacia el horizonte preguntándose qué era todo aquello que había soñado. El día empezaba frío y su sangre circulaba cálida hacia su corazón palpitante. Anduvo deseoso de llegar hacia su destino, si acaso los sucesos se encadenaban y sus pies iban más livianos. La mala fortuna le habría perseguido y arruinado incluso con los ojos vendados sino fuera por aquel sentimiento esperanzador, aquel que le hacía atravesar la maleza del bosque del vestigio. Pues decían, y parecía ser cierto, que la verdad jamás se escondía entre sus zarzas, sino que irradiaba luz en la memoria de sus visitantes.  Jamás soñé tal locura, aun teniendo contratiempos en el arte de dormir… pensaba con la cabeza agachada mientras se hallaba sentado en una roca que encontró en medio del sendero, algo desgastada por el cansancio de muchos peregrinos. Sin motivo estoy enfadado conmigo mismo, ¿y qué culpa tengo si en mi cabeza las ruinas se amontonan y me llenan el pensamiento de turbios desenlaces? ¡Reconstruiré y forjaré mi propio destino con materiales firmes! Pero no sabía aun los estorbos que le esperaban. Divisó a lo lejos un caminante que deambulaba con paso inseguro y que se acercaba hacia su posición, como un perro de caza herido. ¡Menudo esperpento de hombre! pensó con la risa en el cuerpo y los labios sellados.
-¿Sabe, por casualidad… cómo se sale de este bosque? – preguntó meticulosamente el hombre desaliñado.
-Este bosque todo lo ve, pero nosotros pertenecemos a la duda. Demos tiempo a nuestro espíritu, para que coordine conocimientos  e ideas…
-¿Estoy hablando con el guardián de este paraje?
- Soy guardián de mí mismo, yo aseguro mi paz cuando se recela un temporal.
-¿Es que sospechas de mí? Solo era una pregunta inocente, no quería incomodarte asique no persistiré y marcharé por donde he venido…
-El hombre que camina hacia atrás solo oye el eco del pasado y huye sobre sus pasos.
-Yo no huyo de nada… ¡ni de nadie! Soy feliz y libre, en la medida que puedo serlo, e incluso un poco más.  Si no fuera por el hecho de estar perdido en este bosque juro por Dios que sería exageradamente feliz.
-Cuán noble puede ser la apariencia de la felicidad… ¡y qué vil es la mentira! Por azar o por destino, este hombre está condenado a vagar, ¡por eso se cree libre! Jorobado será cuando acumule bagaje y cuando halle el camino necesario a seguir… ¡entonces hablará de felicidad!
-¿Se puede saber con quién hablas? Aun estoy aquí, aun no me he ido… y tampoco se han disipado mis dudas sobre tu arrogancia de filósofo. Veo que el lenguaje te ha trastocado el cerebro…  o alma, o mente… o lo que sea. Entiendo que si una persona como tú busca huir de distracciones venga a este sitio alejado de múltiple entendimiento humano, pues no es este un lugar muy concurrido…
-¡Cuánto anhelo de verdad respiran estos frondosos árboles! ¡El viento está de parte de nuestra sed de conocimientos, y tampoco es necesario avivar el fuego de la creatividad en nuestra mente! Qué grande es el hombre cuando tiene grandes sueños y grandes virtudes.
-Pues hace tanto que no sueño, que ya no sé si soy o no soy un hombre.
-Soñé ser maleducado con la vida, soñé que despojaba a mis seres cercanos de sus notorias felicidades a base de maldad, soñé irrumpir en ensoñaciones con chirriante voz, ¡soñé que dormía mientras todo esto acontecía!
-¡Y yo que me quejo por estar perdido en un bosque!
-La pregunta es ¿por qué?
-¿Por qué…? ¿Acaso no debo quejarme si me veo fuera de mi sitio? Este bosque, sin duda… no es mi lugar, no iba con la intención de explorarlo…
-La intención se pierde cuando falla la voluntad.
-Verás… yo decidí a esta misma hora pero hace tres días ir a visitar a mi madre pero en qué mala hora me topé con un rebaño de ovejas que me dificultaban el paseo, y así lo digo… un paseo hacia la casa de mi madre, que cumple… bueno, más bien cumplió años aquel día. Iba yo silbando por un sendero más ancho y menos bullicioso cuando de repente me vi sumergido en la oscuridad del bosque… y aquí es a donde quería llegar, ¡no al bosque quiero decir, sino al asunto de mi incompleta dicha!
-Dichosas frases mal construidas…  ¡y  qué poco dichoso mi oído!
-No se malhumore usted y deje descansar esa grandilocuencia, que ya acabo... el caso es que pasados varios árboles de gran tamaño encontré hiedra que dañaba y ahogaba con su espeso follaje a varios árboles por los que trepaba… y fíjese que eso me pareció una salida, porque eran árboles verdaderamente altos… Cuando subí y divisé a lo lejos el tejado rojizo de la casa de mi infancia lo primero que hice fue mirar al derredor, porque me invadió una sed de conocimientos que jamás hube sentido tan intensamente… ¡Un arbusto  arqueado en las puntas, de cinco metros de largo, con aguijones en forma de gancho, lampiñas por el haz y velludas por el envés, con flores blancas y rosáceas en racimos terminales, y cuyo fruto… delicioso fruto carnoso… me transportó hasta mi más tierna infancia! Fíjese qué mala pata… que bajé y empecé a devorar la zarzamora…y cuando me quise dar cuenta la oscuridad era tal que me fue imposible trepar y salir del bosque… ¡y así durante los días siguientes, que me levantaba hambriento y sin ganas de hacer otra cosa que no fuese comer zarzamora!
-Mis dudas acerca del egoísmo humano se han disipado en este mismo instante… la oscuridad de la naturaleza es fruto de los despropósitos de los hombres, y la altura de los árboles se debe a la voluntad firme que es capaz de resistir cualquier infortunio.
-¿Y la pedantería se debe a…?
-¡Al vicio de los hombres!
Perdió la roca su grosor y la oscuridad desapareció al primer vestigio de verdad, porque la aptitud oratoria no siempre es cualidad de grandes hombres, como tampoco es nefasta la intromisión de la voz autora en pequeños textos.
Una mañana, al alba, miró hacia el horizonte preguntándose qué era todo aquello que había pasado. El día empezaba cálido y su sangre circulaba fría hacia su corazón frígido. Los sucesos se encadenaban en su memoria, pero no correspondían a sus andadas.

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