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viernes, 20 de enero de 2012

El hombre que se reía de sí mismo.

Deambulaba en medio de las gentes con voz arolladora, entre voces que eran como acordes sencillos y armoniosos. Le daba vueltas la cabeza, y delirante recorría las amplias callejuelas que se abrían a su paso. El sol ostentoso le cegaba y él pensaba: ¡No necesito tu calor, me basto a mí mismo!
Un hombre criado al aire libre, una especie de misántropo silencioso, empuñando su daga con las dos manos. Esta es la historia de un atento esbozo de la historia.

El reloj marcaba las cinco cuando una muchacha parturienta con el semblante sereno mecía a su hijo con el cariño típico de una madre que deseaba un hijo por encima de cualquier cosa. En ese momento y en las próximas horas, un millón de niños nacían a lo largo y ancho del mundo. Las crías de búfalo se ponen en pie y corren en tan solo diez minutos, todavía con la placenta colgante y un tembleque inseguro.
El tan esperado bebé rompió en llanto por encima del sofocante hervidero de sangre. La madre quedó deshecha tras la hazaña, tal como decía su bisabuelo, vestido siempre a la usanza del rudo cazador.

El niño duerme en su cuna. La madre le miró largamente, ahuyentando en silencio las moscas con la mano. El ganado también espanta los insectos con un temblor de piel.

El muchacho se mueve libremente, sus palabras son simples y su sonrisa ingenua. La madre, marchita por la vejez es lenta en su andar. Iniciado el viaje no hay descanso alguno, como diría el bisabuelo, ávido aventurero. El día de su muerte le dijo a su alma: Cuando abarquemos todos esos mundos y el saber y los goces que encierran, ¿estaremos al fin contentos?

El muchacho se hizo hombre gracias a sus propios medios. Virtuoso, alegre, soñador,trabajador y honrado. Su novia, ferviente creyente, se lamentaba por su esterilidad. Y entonces dijo el hombre: No te inquietes por Dios. Yo, que todo lo interrogo, no dirijo mis preguntas a Dios.

Donde aúllan los lobos invernales mientras los hombres se esconden detrás de los troncos más gruesos, Konstantin Vakogorov andaba hundiendo sus botas en la nieve con el rostro parcialmente oculto por un viejo abrigo, mientras sus compañeros de caza hacían señas para que avanzase lo más rápido posible hacia la trampa dispuesta al otro lado del inmenso espacio, desnudo de abetos y con troncos longitudinales tumbados a modo de dique ... (Continuará)





Siempre la burla astuta, hasta que descubrimos al burlón escondido y lo hacemos salir.

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