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miércoles, 11 de enero de 2012

Красивая Россия.

-Papá, ¿me vas a echar la bronca?-dije con mucho valor cuando sospeché que podía preguntárselo sin tener que apresurarme a contarle el motivo de mi nueva regañina.En cuanto le vi descalzarse lo supe. La verdad es que hasta que no se calló al suelo  no estuve del todo seguro. ‘‘Un par de eses bien dadas’’, esa era la filosofía de mi padre. En cuanto se fue al servicio y escuché el portazo, porque él siempre venía de excelente humor pero luego veía a mi hermana y sin motivo aparente empezaba a gritar y a decir muchos insultos en el idioma que utilizaban entre ellos, eché mano a su monedero y cogí  un par de monedas. Yo nunca me he familiarizado con el ruso, para mí no era más que una conjura contra mi pequeño mundo y contra cada miembro de mi familia, de los que vivíamos en la misma casa, y en el mismo país, claro. Hemos estado muy fragmentados, sí, pero a veces era bueno para todos. Mi hermana tenía el don de saber cuándo algo era o no era útil, por eso a veces pasaba temporadas viviendo fuera de casa. Y mi padre hacía lo mismo, pero de otro modo.  Ella decía que mi padre era un tal Raskolnikov, y que seguramente yo le reconocería como tal al empezar a centrarme más en la literatura. Abrí la puerta del servicio, eché a un lado la cortina de la ducha y le miré fijamente a los ojos, grandes y rojos, con los párpados llenos de espuma y la mirada perpleja y casi comprensiva. Ahí fue cuando dudé un poco más, y vacilé preguntándole sobre el último partido del Real Madrid. Sí que estaba un poco asustado. Mamá decía que cuando un hombre no sabe qué decir habla de fútbol. 

-Papá, ¡dime si me vas a echar la bronca! Es que ese niño empezó primero y yo…
No me dejó terminar:
-¡Que sí hostia, que luego!




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