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lunes, 5 de diciembre de 2011

''La desesperación es el mayor de los errores'' Luc de Clapiers

Ella era fea, fea con esa fealdad que hace que el vómito salga como un acto reflejo, fea con esa fealdad que parece una burla a la decencia y al buen gusto, que no se asemeja a nada de lo que imaginamos en el peor de los casos. Una fealdad sobrenatural. Yo jamás llegué a amarla; jamás sentí por ella ese amor sin freno ni límites; era imposible encontrar goce en su sonrisa y tampoco podía refugiarme en sus senos. Queriéndola me sentía ya lo bastante humillado pero resulta que cada vez que la contemplaba desde la distancia venía a mí como caída del cielo una sensación que se asemejaba a la felicidad. Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, pero demasiado para ser tan fea. La genética a veces juega a uno malas pasadas. Jamás entendí cómo su madre, siendo la mujer tan hermosa que era, y su padre el galán afrodisíaco que se paseaba como un pavo real, pudieron engendrar a mi querida Agustina. Yo la llamaba muy cariñosamente Angustia. Los dos vivíamos en la misma ciudad y compartíamos la misma locura que nos hacía reír, pero eso ya no importa. Yo me retorcía gimiendo al pie de su fealdad, entre las miradas sobre las que se asienta la ciudad de nuestro noviazgo. Ella tenía la piel blanca, muy blanca, y el sol le sentaba como un velo sobre su tez grasienta. Solo el monótono ruido de la lluvia me hacía desplazar la atención. Mi dolor no es superficial, y sé que hago el ridículo cuando miro su fotografía y, al desplazar la vista, esta vuelve a dirigirse hacia la imagen de la Angustia. Mi tono está cambiando, estoy confuso. Siento que me oprimen las palabras. El juego de luces que hacía que tu imagen sombría cobrase belleza se reproducía en mi mente de una manera prodigiosa. Chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas, como las luces de la discoteca de nuestro primer encuentro, tan confuso como el momento mismo en el que escribo. Sonaba música satánica, pues de otra manera no puedo entender cómo pude fijarme en ti, habiendo tantas mujeres en movimiento. Mi mirada era estúpida, estúpida y frágil, y hacía zigzag de unos ojos extraviados a otros. Imaginad un caos de sombra y luz, imaginad una mano fría en mi hombro, imaginad que una fea se acerca y uno cree ver una quimera. Imaginad que os asustáis y derramáis la copa sobre aquel vientre de cabra. Así es como decidí ser un intruso más en tu vida, mi amor. Como una araña paciente y silenciosa, tu mirada explora el espacio que nos separa. Estás sentada a un lado de la cama, tu sombra es tan grotesca como tu aspecto. Un buen amigo mío me ha recomendado distracción constante, él es psicólogo y dice que la alternancia de pensamientos nauseabundos y al mismo tiempo nostálgicos no es buena para la mente. Hoy he cruzado el umbral de la locura, pues dicen los entendidos que todo tiene sus fronteras. Yo lo he hecho de un modo estúpido y casual. Salí a la calle, paseé durante una hora que pasó en un minuto, fugaz como nuestros encuentros amorosos a la luz del sol... Es otoño, y las hojas ocres caen sobre la hierba, al igual que caen mis expectativas de romance pasional a la luz de las velas... Los granos de arena del parque me recuerdan a ti, porque siempre se quedaban entre tus dedos larguiruchos, y jamás me contaste el motivo. Las ranas verde mucosa del estanque que adornaban el parque entre nenúfares eran la esencia misma de tu belleza...
Siento que es simétrica la tristeza y la felicidad, que el paraíso de tus imperfecciones es una réplica de la idea suprema de la belleza. Tú, amada Angustia, mujer de carácter y digna de ser señalada, eres toda una zarzamora entre pensamientos aún sin cultivar. Si te permitisen la entrada en el Paraíso, si acaso existe algo semejante, tu alma transmigraría a un rumiante: una vaca, un camello, una cabra...


Bailarías la danza de la locura junto a mí en los salones del Paraíso, antes de que tus articulaciones empezasen a flojear, mantecosa Angustia. No tengo más fuerzas para explorar el vasto espacio vacío que nos separa.




Valentina Gutsul.

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