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martes, 6 de diciembre de 2011

A fuego lento...

Danzaban de un lado a otro de la cocina, encendiendo fogones y cortando a la Juliana pimientos verdes y zanahorias, con la misma rapidez que un guepardo persiguiendo a una presa desafortunada. Eran los animales más rápidos a dos patas que jamás había visto, y aún les sobraba tiempo para reír las bromas de los camareros que entraban y salían de la longitudinal cocina. ''¡Vaya, cómo es la gente! ¡Tardan más en comer un arroz a la cubana que un bovagante con palillos chinos!'' El humor parecía ser un plato típico, y el estrés no apetecía a ninguno de los empleados. En cuanto entró el chef empezó a sonar la música. ''¿En vuestra casa habláis ruso?'' -preguntó a dos mujeres, madre e hija, mientras se calentaba el aceite. La hija respondió burlonamente: ''A veces, sobre todo cuando nos enfadamos''. El chef sonrió y dijo: ''En mi casa pasaba lo mismo... cuando mi abuelo se enfadaba lo primero que le salía era el alemán. Era como sentirse en casa''. 
Rock&Gol sonaba sin parar. Algunos silbaban para acompañar la melodía, otros hacían preguntas al chef sobre la preparación de un plato u otro. ''¡No es bueno silbar!¡Corres el riesgo de no ganar dinero!'' dijo una mujer graciosamente. ''¡Vaya! Entonces creo que me voy a ir yendo por donde he venido!'' fue la respuesta del ayudante. Cocineros de Georgia, Alemania, Hungría, Rusia, Colombia y España compartían un mismo espacio creando combinaciones para que todo quedase perfectamente apetecible a ojos de los comensales. Lo único que superaba en armonía el compañerismo existente eran los colores fríos o cálidos de cada pedido que iba saliendo. Pimentón, azafrán, perejil... 












Valentina Gutsul

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