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martes, 22 de noviembre de 2011

Poema a la duración (fragmento), por PETER HANDKE

Ya hace tiempo que quiero escribir sobre la duración;

no un artículo ni una obra de teatro, ni una historia—

la duración pide insistentemente un poema.

Quiero preguntarme con un poema,

acordarme con un poema,

afirmar y guardar con un poema

lo que es la duración.

(…)

"Esto es cosa que ocurre en días, esto dura años":

Goethe, mi héroe

y maestro de la palabra objetiva,

una vez más has acertado:

la duración tiene que ver con los años,

con los decenios, con el tiempo de nuestra vida;

la duración, es el sentimiento de la vida.

(…)

Extraño también el sentimiento de duración

a la vista de algunas pequeñas cosas,

cuanto más insignificantes más conmovedoras:

aquella cuchara

que me ha acompañado en todas las mudanzas,

aquella toalla

que ha estado colgada en los más diversos cuartos de baño,

la tetera y la silla de enea,

arrumbadas años y años en el sótano

o guardadas en alguna parte

y ahora, al fin, otra vez en su sitio,

ciertamente un sitio distinto de aquel que les corresponde desde siempre,

pero sin embargo en el suyo.



Y al fin:

feliz aquel que tiene sus lugares de duración;

ya no será, aunque se haya trasladado para siempre a un país extraño,

sin perspectivas de volver a su mundo,

nadie a quien han expulsado de su patria.

(…)


¿Conocéis la obra de este mismo autor, titulada Carta breve para un largo adiós?
Este poema me recuerda a una escena:


Cuando alguien se acercaba a un objeto le decían inmediatamente que tuviera cuidado, describiendo el papel que ese objeto había desempeñado en su vida, o se adelantaban y le enseñaban silenciosamente cuál era la mejor forma de tratarlo. Mimaban tanto sus cosas que en lugar de poseerlas en común, cada una de ellas estaba asignada sólo a uno de los dos. Esto no ocurría sólo con los aros de las servilletas y los monogramas de las toallas y sábanas, sino también con cada libro, cada disco y cada cojín. Cada rincón de la casa había sido repartido y pertenecía sólo al uno o al otro, pero nunca a los dos. Naturalmente lo intercambiaban todo entre sí y utilizaban el territorio del otro, pero precisamente la idea de que usaban cosas dedicadas al otro parecía unirlos más.


(...)

Claire dijo de repente:

-Y os sentís también conmovidos por vuestras cosas no porque las hayáis pagado caras, sino porque son símbolos de vuestra vida en común.

La pareja de enamorados se rió y contagió a la niña, que estaba delante, una risa perpleja.

-En nuestros sueños el mobiliario de nuestra casa llegará a ser con el tiempo mobiliario de Estados Unidos-dijo la pareja de enamorados-. Entonces podremos soñar por fin los dos una misma cosa.

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